Hoy, la abundancia cafetera se acabo pero la vieja máquina se conserva. De generación en generación pasó por todo el grupo familiar hasta que hace cinco años llegó a las manos de Alfonso. Aunque removía las cáscaras de café como hace varias décadas, la camisa de cobre del rodillo estaba gastada y los piñones necesitaban engrase.
Cuando a Luis Humberto Lopera Aristizábal lo desplazaron de la vereda Los Farallones, hace ses meses, salió apurado con su familia y las pertenencias más valiosas. Además de unos pocos animales y parte de la cosecha, estaba la máquina verde, marca Especial.
"Es que aunque aquí en el pueblo no tengo palos de café me la traje porque me puede desvarar. Uno no se puede quedar quieto y en cualquier momento se puede conseguir un cafecito poquito para buscar la comida", dice. Una mano de pintura Las 16 despulpadoras desbaratadas, el color azul oscuro en tarros de pintura regado por el piso, aceite, brochas y 16 campesinos caficultores cambian la cotidianidad del mediodía en el San Francisco lleno de precariedad y de gente buena.
"Estos son aparatos agradecidos que siempre se mantienen a pesar de los años. Esta, por ejemplo, tiene 75 años. Por eso, toca cuidarlas y darles mantenimiento como aquí lo estamos haciendo". Con entusiasmo, Leonel Giraldo muestra que aprendió a armarla y como todo un maestro explica cada una de las partes que están regadas en la calle: el rodillo, la camisa, los piñones, el esqueleto, el rallador.
La tarea de estos hombres y mujeres campesinos no se interrumpe y como si se tratara de un hijo, continúan con el aprendizaje para mantener como nuevas las despulpadoras de café. "San Francisco se caracteriza por ser un municipio netamente agricultor y el café, así esté barato, es la redención para tantas necesidades que tenemos. Muchos dirán... esos trebejos es mejor botarlos. Pero no, lo que hacemos es cuidarlos porque, gracias a ellos, muchos de nosotros vivimos", añade Rogelio, otro labriego.
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